
Acariño Galaico (De Barro) y Ourense

Publicada originalmente en el libro 'Capitales de Cine', comisariado por la Fundación ReBross en 2025.
Este texto es la recapitulación de tres expediciones que en realidad son la misma. A un territorio copado de misterios e indeterminaciones, solemne e inquietante a partes iguales. Estas expediciones son, en orden: la que Val del Omar hace para rodar Acariño Galaico (De Barro) (1961-1995), la que el equipo de Javier Codesal hace para rescatar su película y la que hago yo ahora para hilar esta obra con la ciudad de Ourense, un lugar de enorme significado personal para mí.
La figura de José Val del Omar es una de las más importantes e intrigantes dentro del cine experimental y de vanguardia español. Aunque es difícil categorizar a Val del Omar como cineasta, más que nada porque ese título se le queda corto. Una etiqueta más apropiada es la de inventor: Val del Omar dedicó su vida y su obra a explorar las posibilidades del cine, sí, pero no solo entendido como imágenes y sonidos proyectados en una pantalla, sino como experiencia sensorial y mística que incluye habitar el espacio en el que se proyectan esas imágenes y la relación corpórea de ese espectador con esa obra. Él mismo se autodenominó como “cinemista”, combinación de cineasta y alquimista.
Auténtico pionero, sus investigaciones le llevaron a inventar entre otras cosas el Sonido Diafónico, un antecesor del Dolby que se compone de dos altavoces frontales y otros dos en el fondo de la sala. Ambos emiten sonidos distintos, generando así un contrapunto. De esta forma lo explica el propio Val del Omar:
Mediante el sonido diafónico la criatura, espectadora de la televisión o del cine, queda situada en la confluencia de dos vertientes, de dos manantiales que alimentan al día de su vida. Un manantial es el pasado, con sus ecos y reflejos, con las voces de la sangre que riegan su mente y mueven su corazón. Otro manantial es el futuro, que con su imantación y misterio, le induce y atrae.
El Sonido Diafónico se aplicó en su pieza Aguaespejo Granadino (1955), centrado en su ciudad natal de Granada. Aguaespejo Granadino también es la primera parada en un viaje que le hizo recorrer el territorio español en lo que acabó conformándose como el Tríptico Elemental de España (1995), colección de tres cortometrajes.
La segunda pieza de este tríptico fue Valladolid, materializada en su corto más celebrado: Fuego en Castilla (1961). La última parada le llevó hasta las regiones del norte, a adentrarse en los paisajes brumosos de Galicia. Y aquí es donde se desdibuja el itinerario y el propio relato, ya que Val del Omar ni siquiera llegó a acabar en vida el montaje de Acariño Galaico (De Barro).
Acariño Galaico está impregnado de imágenes de la galleguidad; la muerte, el agua, el fuego, campanarios, romerías, cementerios. Pero todo ello está distorsionado, emborronado. La iconografía religiosa, con sus iglesias, sus procesiones y sus esculturas, se entremezcla con lo profano y lo terrenal del agua, las cuevas, los frutos de la tierra y, especialmente, el barro. En este rincón del planeta la intervención humana y sus siglos de cultos y supersticiones han echado raíces, pero al mismo tiempo las propias raíces de una naturaleza mucho más primigenia han cubierto esta cultura y han invadido la propia materia de su existencia, se han hibridado con ella.

Para entender a este artista es indispensable conocer otro concepto de su propia invención: la mecamística. Neologismo surgido de la unión de “mecánica” y “mística”, se puede interpretar como el reconocimiento de la tecnología como herramienta indispensable para acercar al ser humano a una estética experimental de lo metafísico, es decir, servirnos de las máquinas para revelar lo espiritual. En el caso de Acariño Galaico la distorsión de las lentes, el uso de negativos y los trucajes con el celuloide son recursos para sublimar la imagen y alcanzar ese impacto místico.
No sabría decir cuándo ni cómo surge mi fascinación con Galicia, pero no tengo dudas de que esta película es capaz de representar algunas de esas sensaciones inasibles que conforman dicha fascinación. Como Val del Omar yo también soy un turista y un explorador de este lugar, mi mirada es la del extranjero que no obstante reconoce algo propio en este sitio, que responde a una llamada de origen desconocido.
Val del Omar rodó en Galicia al menos desde 1961, pero pasaron décadas hasta que el público pudiese verlo. No es hasta bien entrada la Transición que una nueva generación de cineastas se empiezan a interesar por su obra fílmica. Es entonces cuando se convence a Val del Omar para una exhibición en la que él mismo se compromete a terminar de montar la pieza final de su Tríptico.
Apenas dos semanas antes de la anunciada exhibición todo apunta a que Val del Omar estaba dispuesto a cumplir su compromiso y mostrar una versión de aquello que entonces pensaba llamar De barro. No se exhibe. Luego, Val del Omar fallece en 1982.
Tenemos que esperar hasta 1995, cuando el artista Javier Codesal y su equipo, siguiendo las indicaciones de las numerosas (y caóticas) notas que el autor había dejado, completan por fin el montaje. Hay algo bastante fantasmagórico en el hecho de que la única versión que podemos ver de Acariño sea esta reconstrucción póstuma, pues de alguna forma alimenta su condición de misterio. Esta ausencia de respuestas me acaba llevando a la localidad de Ourense.
La intersección más evidente de Acariño con Ourense es la de su actor principal, el escultor orensano Arturo Baltar. Desde el principio Val del Omar tenía en mente terminar su Tríptico Elemental con una pieza sobre el aire de Galicia. Sin embargo, durante el rodaje en tierras gallegas conoce a Baltar, y es probablemente su obra la que le inspira, con acierto, a cambiar el elemento y representar Galicia a través del barro.
Finalmente, el propio Baltar nos da la prueba definitiva de que Acariño Galaico está rodada, al menos en parte, en esta localidad, ya que él mismo cuenta que “Val del Omar regresó a Galicia en 1964 o 1965 para un rodaje relacionado con Festivales en España y aprovechó para filmar en Orense unos planos nocturnos de las burgas”.
Las burgas son manantiales de aguas termales y uno de los símbolos más representativos de la ciudad de Ourense, lugar de encuentro, origen de leyendas, espacio venerado durante más de dos mil años. El agua caliente que brota de las profundidades, que se mezcla con la tierra al salir, que forma el barro.
Pero esta confirmación de la relación de Ourense con Acariño Galaico es al final algo caprichoso e irrelevante. Porque al caminar por sus calles de piedra mojada y cubierta de musgo en las frías noches de invierno, quizás en una noche de febrero durante el carnaval, cuando la ciudad se llena de seres extraños y multiformes y lo más natural es asumir que entre las personas disfrazadas algún espíritu o ánima camina camuflado, o bajo el sol de justicia en sus veranos, que convierte el valle en un auténtico horno, pero que al ocultarse tras el horizonte deja ver un tapiz de estrellas tan nítido; es ahí cuando entiendo que Val del Omar vio lo mismo que yo al llegar a esta ciudad y a Galicia. Y moriré, igual que él, sin encontrarlo del todo, pero siempre buscándolo.
