
La felicidad es una cosa seria

Publicada originalmente en la revista 'Versión Original' de Mayo de 2025.
Nanni Moretti es uno de los directores italianos más celebrados de los últimos cuarenta años, un talento indiscutible con una voz única y un temperamento tan fuerte que es adorado y temido allá por donde pasa. Sin embargo esto no ha sido siempre así, y Moretti fue alguna vez una joven promesa que empezaba a despuntar con su cine pero que aún no se había consagrado, cuya importancia en la cultura estaba puesta en tela de juicio después de un traspiés en salas y críticas. Bianca (1984), su tercer largometraje, se encargó de subsanar ese error y cerrar bocas, contando precisamente una historia sobre los peligros de pretender evitar errores, en un tirabuzón cinematográfico que ha quedado en el recuerdo del público italiano como el momento en el que realmente nació la leyenda de Nanni Moretti.
La cinefilia al pensar en Moretti piensa probablemente en ese ‘cuarentón espléndido’ que se pasea en moto por los barrios periféricos de Roma en su obra maestra Querido Diario (Caro Diario, 1993). Uno de estos directores que protagoniza sus películas, que fusiona el documental y la ficción para dar como resultado un universo propio en el que florece su humor tan particular, de viejo cascarrabias pero eternamente soñador. Y a pesar de que las claves del cine morettiano siempre estuvieron ahí, desde sus primeros proyectos estudiantiles con cámaras caseras y equipos formados por amigos cercanos, hubo una época en la que el director se escondía detrás de un alter ego al que hacía llamar Michele Apicella. La relación de amor-odio entre creador y creación de Nanni y Michele da para un análisis entero, y su primera aparición sucede en su opera prima como tal, Ecce Bombo (1978).
Ecce Bombo nos muestra, dentro de un contexto de metacine como tantas veces repetiría después, las desventuras de un grupo de jóvenes desilusionados con una cultura social y política que ellos consideran en decadencia, y centra su crítica en los movimientos extraparlamentarios juveniles. Esta película supuso el pistoletazo de salida de un cineasta que apuntaba maneras, una especie de trovador moderno que se encargaría de relatar las vidas y las realidades de una nueva juventud italiana, siempre desde el vanguardismo, ya que su cine rehuía la narrativa clásica y apostaba por la acumulación de viñetas, pequeños retazos de cotidianeidad y fueras de campo que conformaban un microcosmos en sí mismo. Las expectativas de la audiencia y de la crítica estaban claras, el nuevo director romano tenía un rol que cumplir.
El traspiés llegó con su siguiente propuesta, Sogni D’oro (1981). Lo que todos aquellos entusiastas del novato encontraron aquí fue un balde de agua fría, ya que Moretti se presentaba esta vez más críptico, la historia en viñetas era aún más confusa y ya no había rastro de esa voz de la generación que se atisbaba a ver en su obra anterior. Y, quizás lo más grave de todo, este nuevo Michele alter ego era aún más arisco y desagradable, parecía haberse retraído en sí mismo. Si alguien recuerda lo que sucedió con Bob Dylan cuando decidió “volverse eléctrico” y dejar atrás sus ínfulas de héroe folk estandarte de movimientos sociales, esta es quizás una comparación acertada. Por supuesto, el público se le echó encima.
He aquí el error por el que la trayectoria artística de Moretti corría peligro. Por un lado, tomó algunas medidas que claramente tenían como objetivo corregir ciertas críticas válidas que había recibido. Pero, por otro lado, también puede decirse que dobló la apuesta y siguió explorando esas nuevas inquietudes que le estaban asolando sin pedir perdón por nada. Llegaba Bianca.
Aquí se resumen los pilares fundamentales que adoptó Moretti y que conformaron el salto de calidad necesario:
En primer lugar, la producción del filme recayó en Achille Manzotti, un profesional del medio que aportaba ese punto de racionalidad empresarial que tan necesaria es en el mundo de cine. En segundo lugar, Moretti fio su elaborado argumento a un experimentado guionista junto al cual trabajó de una forma más decididamente equilibrada toda la estructura del filme. Se trataba de Sandro Petraglia, escritor que ya había colaborado con gente tan destacada como Marco Bellocchio. (...) Por último, el cineasta introdujo un cambio de planteamiento (...) tomó distancia con la vida real; empezó a uniformizar el argumento, para lo que recurrió a una única línea narrativa, a una aclaración general de lo que hasta ese momento había sido un más o menos ordenado cúmulo de anécdotas.
Bianca es la historia de un profesor de matemáticas recién mudado y que empieza un nuevo trabajo en la nada convencional escuela Marilyn Monroe. Este es uno de esos centros educativos experimentales que florecieron durante los setenta, a la sombra de la revolución cultural del mayo francés. La sala de profesores la preside una foto de Mick Jagger con la camiseta de la selección italiana. Los métodos educativos del profesorado incluyen escuchar música retro de una gramola o recitar cartas de amor personales. Los alumnos no hacen ni caso a sus docentes, se burlan de ellos o piden su expulsión por ineptos. Como colofón, el psicólogo del centro no está ahí para los estudiantes, sino para los propios profesores.
Michele, el nuevo profesor de matemáticas y protagonista, encuentra su nuevo lugar de trabajo aterrador. Pero para entender cómo de profundo es su rechazo hay que comprender la personalidad de Michele, un hombre intransigente, maniático hasta el extremo (lo primero que hace al llegar a su nuevo apartamento es prender fuego a la bañera y el lavamanos para sanitizarlos), controlador con sus amigos y vecinos. Su amor por las matemáticas no es casual: él las encuentra, en la pureza de su racionalidad, lo más alto a lo que aspirar, algo que tiene sentido y se sustenta por sí mismo. El caos de la vida, lleno de errores e indeterminaciones, le causa pánico.
Todo esto provoca que Michele se sienta aislado y apartado. La imperfección de la vida le da miedo, pero más miedo le provoca la soledad que está viviendo por culpa de su visión del mundo. En una absurda escena, musicalizada con Scalo A Grado de Franco Battiato, Michele intenta encontrar a su media naranja en una playa, pero su razonamiento de 1+1=2 no parece servirle y sólo acaba haciendo el ridículo.
Todo cambia cuando conoce a Bianca, otra profesora del instituto, e inicia con ella una relación romántica. Michele tiene un flechazo cuando la ve a través de la ventana del autocar escolar, en un divertido guiño a Doctor Zhivago (David Lean, 1957), pero también la pone a prueba, es exigente con ella hasta que acepta que forme parte de su intimidad. Flavio de Bernardis hace un análisis sobre los espacios en Bianca y distingue dos tipos: los horizontales, dedicados a lo público, y los verticales, privados. Cielo e infierno. Se puede pensar en Michele como un Dante en la Divina Comedia, que debe descender a los infiernos (los espacios públicos) para encontrar a su amor.
Aún cuando ha salvado a Bianca del infierno y la recibe en su apartamento, el matemático no consigue nunca estar satisfecho. En un diálogo revelador, Michele le increpa que “la felicidad es una cosa seria”. Esa intransigencia hacia los errores, que se cuela hasta en sus relaciones sentimentales, es precisamente lo que impide a Michele encontrar esa felicidad que tanto anhela. Un detective que investiga un asesinato en su bloque de pisos, otro personaje recurrente, mantiene una peculiar relación con el protagonista y sirve casi de reflejo premonitorio: un divorciado solitario, descuidado en su apariencia (¡lleva los lazos de sus zapatos de colores distintos! La obsesión de Michele con el calzado es uno de sus rasgos más divertidos), desganado y derrotista, eso es lo que le espera a Michele si no espabila.
Moretti canaliza en esta película todos esos miedos que acechaban desde que su salto al cine le separó de su mundo de precariedad y lucha social, pero al mismo tiempo son miedos compartidos por toda una generación que se enfrentaba a la necesidad de desarrollar una identidad como adultos y bajo unas exigencias internas y externas enormes, siempre bajo la amenaza de la soledad del mundo moderno. Al final ganó la apuesta, la película fue un absoluto éxito y su prestigio nunca volvió a estar en tela de juicio.
